sábado, 22 de mayo de 2010
martes, 18 de mayo de 2010
Autorretrato:
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sábado, 15 de mayo de 2010
Carlos Pazos
Fotografía de Carlos Pazos (Barcelona, 1949) estudió arquitectura e inició su actividad artística a principios de los años setenta. Su obra se movió primero en una línea conceptual realizando performances e instalaciones y a mediados de los ochenta comenzó a realizar sus obras más características: composiciones de pequeño formato en las que como en un collage, reúne textos, dibujos y objetos con grandes dosis de ironía y poesía.
En su producción también destacan las series de autorretratos en los que se representa en la piel de distintos personajes, como las estrellas del Hollywood de los años treinta y cuarenta. El tiempo pasado es el hilo conductor de la obra de este artista. Ha expuesto su obra en ciudades como Nueva York, Nantes, Perugia, Ámsterdam o París. Dentro de sus exposiciones individuales puede mencionarse la de la Sala de exposiciones del Ateneo de Barcelona, (1970); The Floor of Fame, en el Centre Georges Pompidou, París (1978); Niños buenos niños malos, en la Sala Montcada de la Fundación "La Caixa", Barcelona (1992), o el Project room Carlove en el bosque borrador dentro de la feria ARCO´98
La acción dentro de la cual se encuentra la imagen a describir, es la que realizó en 1978, titulada The floor of fame en el entonces recientemente inaugurado Centro Geourge Pompidou de Paris. La acción consistía en la aparición del propio artista, elegantemente vestido, en una limusina acompañado de varios guardaespaldas y era recibido por el Director del Centro. Antes de entrar juntos a ver la exposición, Pazos firmaba y dejaba sus huellas de zapatos y manos sobre una losa de cemento fresco ante la atenta mirada de decenas de curiosos. La acción culminaba una serie de trabajos que bajo el título genérico de Voy a hacer de mí una estrella Carlos Pazos comienza a comienzos de los 70 en la que el artista se construye una identidad ficticia a semejanza de la imaginería de las estrellas del cine y de la música. Esta obra nos da pie a plantear una reflexión sobre el arte de acción.
Encuentro ciertas semejanzas entre esta obra y la de Sophie Calle al ser perseguida por el detective, esto me hace abandonar la idea de que el artista es quien hace la foto y no quien sale en ella, ahora el artista es quien tiene la idea y la lleva a cabo y la fotografía es sólo el recuerdo que nos queda de su acción.
Esta fotografía podría estar dentro de la Neovanguardia. En algunos de sus trabajos anteriores ya se detecta una cierta dosis de exhibicionismo, estetizándose a sí mismo mediante la recreación performativa de distintas figuras fácilmente reconocibles. La imagen refleja un momento de su llegada al Pompidou subido en un mercedes 450 SEL. La fotografía es de formato vertical y el foco principal de la imagen no está en el centro, sino abajo a la derecha, este foco corresponde al coche donde va el artista. Hacia el lado izquierdo se acumula una cantidad de gente y como fondo está la especial belleza de la fachada del Pompidou. Se deja notar el movimiento del coche y la momentaneidad de la foto. Con colores oscuros y bastante luz, conserva el aspecto de instantánea que le corresponde, pareciendo una foto de paparazzi. En la fotografía podemos observar la innovadora arquitectura de la época, la forma de vestir y el desarrollo de la industria en cuanto al automóvil. Hay cosas que no pasan de moda, el Pompidou me sigue llamando la atención tanto o más como el primer día y ese coche es mi sueño.
Implejidades. Juan Luis Moraza.

No hay idea como la primera, cuando vi su obra, supe que quería hablar de ella. Me estoy refiriendo en concreto a la obra Anormatividad (torsiones legales).
Cuando entramos en la sala blanca rectangular encontramos en el medio una superficie rectangular que limitaba el resto del espacio a unos pasillos alrededor de ella. En el centro, una explosión de colores y formas.
Sobre la superficie compacta rectangular había decenas de espejos de formato cuadrado a modo de baldosas rigurosamente ordenados y sobre cada uno de ellos un objeto. En cuanto a objetos, me estoy refiriendo a la gran variedad de reglas, escuadras, cartabones, transportadores, calibres, tablas periódicas… todas ellas retorcidas mediante calor y resultando formas muy sugerentes y para mí nuevas, siempre acostumbré a ver esos objetos rectos y en perfecto estado y nunca pensé nada más allá de eso. Los distintos resultados se iban colocando de manera lógica, estando en el centro los de mayor altura y tamaño y disminuyendo progresivamente a medida que se acercaban a los extremos de la superficie. Los colores varios, las transparencias de algunos elementos y los reflejos en los espejos, hacían que viésemos algo totalmente distinto al material de dibujo, ahora eran otros objetos que vistos en los espejos adquirían otras características totalmente distintos, generando formas y figuras poco habituales.
Bastante extraña y desconcertante me pareció la idea de regla flexible, moldeable, que ya no es capaz de medir de forma cotidiana, si no que se transforma en algo subjetivo alejándose de la objetividad científica y adentrándose en un mundo de fantasía. El autor juega con la materialidad de las cosas. Está continuamente presente la idea de romper con las medidas, con los métodos, los protocolos y la rectitud, la idea de liberar las formas.
Las piezas que pudimos ver en Montehermoso no son obras, más bien tienen «la voluntad de ser obras», estas fueron las palabras de Juan Luis Moraza horas antes de la inauguración.
Me llenó, reconocí reglas que habían pasado por mis manos sin más misión que la de medir o trazar líneas, y él, las hizo obra, me pareció algo muy especial y admirable. Llegué a casa obsesionada por derretir reglas, menos mal que no tenía ninguna a mano.
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