
No hay idea como la primera, cuando vi su obra, supe que quería hablar de ella. Me estoy refiriendo en concreto a la obra Anormatividad (torsiones legales).
Cuando entramos en la sala blanca rectangular encontramos en el medio una superficie rectangular que limitaba el resto del espacio a unos pasillos alrededor de ella. En el centro, una explosión de colores y formas.
Sobre la superficie compacta rectangular había decenas de espejos de formato cuadrado a modo de baldosas rigurosamente ordenados y sobre cada uno de ellos un objeto. En cuanto a objetos, me estoy refiriendo a la gran variedad de reglas, escuadras, cartabones, transportadores, calibres, tablas periódicas… todas ellas retorcidas mediante calor y resultando formas muy sugerentes y para mí nuevas, siempre acostumbré a ver esos objetos rectos y en perfecto estado y nunca pensé nada más allá de eso. Los distintos resultados se iban colocando de manera lógica, estando en el centro los de mayor altura y tamaño y disminuyendo progresivamente a medida que se acercaban a los extremos de la superficie. Los colores varios, las transparencias de algunos elementos y los reflejos en los espejos, hacían que viésemos algo totalmente distinto al material de dibujo, ahora eran otros objetos que vistos en los espejos adquirían otras características totalmente distintos, generando formas y figuras poco habituales.
Bastante extraña y desconcertante me pareció la idea de regla flexible, moldeable, que ya no es capaz de medir de forma cotidiana, si no que se transforma en algo subjetivo alejándose de la objetividad científica y adentrándose en un mundo de fantasía. El autor juega con la materialidad de las cosas. Está continuamente presente la idea de romper con las medidas, con los métodos, los protocolos y la rectitud, la idea de liberar las formas.
Las piezas que pudimos ver en Montehermoso no son obras, más bien tienen «la voluntad de ser obras», estas fueron las palabras de Juan Luis Moraza horas antes de la inauguración.
Me llenó, reconocí reglas que habían pasado por mis manos sin más misión que la de medir o trazar líneas, y él, las hizo obra, me pareció algo muy especial y admirable. Llegué a casa obsesionada por derretir reglas, menos mal que no tenía ninguna a mano.


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